Tal es la caprichosa actitud de Donald Trump en política internacional, que considera la reunión del G7 un gran éxito.

En otras circunstancias, la ausencia de acritud entre los líderes de las grandes democracias del mundo habría pasado desapercibida. Con Trump en la Casa Blanca, es causa de alivio, cuando no de celebración, como mínimo en los mercados financieros de todo el mundo.

La cumbre estuvo precedida por una escalada de tensión del presidente estadounidense en su guerra comercial contra China. La división entre el presidente estadounidense y los líderes europeos sobre el acuerdo nuclear con Irán amenazó con más rupturas, como lo hizo el desprecio de la Administración de EEUU por la acción internacional para limitar los efectos del cambio climático.

En relación a una negociación directa entre Trump y Rouhani, Macron ha apelado directamente al ego del presidente de EEUU. “Adelante, firma un acuerdo” es un desafío al que Trump le es difícil resistirse. Esperemos que los halcones de Irán que rodean al presidente de EEUU no consigan echar por tierra la iniciativa. El mundo no puede permitirse otra guerra en Oriente Medio. Por otra parte, en comparación con los asuntos que se han tratado en la cumbre, las demandas de Johnson al presidente de EEUU parecen completamente excéntricas.

Es imposible decir si la cumbre del G7 calmará los graves trastornos a la economía global y a determinados aspectos geopolíticos. Pero, mientras permanezca en la Casa Blanca, Trump será una peligrosa fuerza desestabilizadora. Macron, sin embargo, merece una actitud de agradecimiento por sus esfuerzos para calmar la tormenta.

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